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Abogado “open source” (1ª Parte)


No, no me he vuelto loco. No tema, amigo lector. De repente no me he abierto en canal al mundo…. Pero casi.

Me explico.

Open Source o su denominación en la lengua de Cervantes “Código Abierto” es según Wikipedia:

Un modelo de desarrollo de software basado en la colaboración abierta. Se enfoca más en los beneficios prácticos (acceso al código fuente) que en cuestiones éticas o de libertad que tanto se destacan en el software libre. Para muchos el término «libre» hace referencia al hecho de adquirir un software de manera gratuita.

Esta última frase, en negrita, es bajo mi punto de vista, muy significativa pues resume mucho la idiosincrasia española o aquello de “Spain is diferent”, pues la introducción de la frase “para muchos” viene a significar en realidad “la idea general”.

Y esto es así porque la mayoría de la gente simplifica este modelo de desarrollo en el hecho de ser gratis, obviando lo esencial, como es la colaboración.

Saco este término a colación porque, aunque no se lo crea, amigo lector, los abogados también somos gratuitos, para muchos.

Dicen los ancianos y sabios del lugar, que en unos tiempos no muy lejanos, existían profesiones que estaban dotadas de cierta solemnidad y respeto por parte de la ciudadanía. Así eran por ejemplo, los Notarios, los jueces, los alcaldes, los alguaciles, los médicos, los farmacéuticos, los abogados … Sólo falta, como en el juego PC MUS, el tonto del pueblo.

Muchas de esas profesiones siguen hoy en día y en mayor o menor medida, siendo respetadas por la ciudadanía, menos los abogados, que son los tontos del pueblo.

Existen, créame, un deporte o hobby muy extendido en nuestro país, que consiste en contactar con un abogado con un perfil “público”, por ejemplo porque se encuentre fácilmente por internet y/o porque sea muy activo en redes sociales, con el único objetivo de realizarle consultas jurídicas sin esperar que dicho letrado cobre por ello.

Existe también una variante que es cuando el sujeto mencionado, en un alarde de generosidad, manifiesta que está dispuesto a abonar los honorarios, pero determina que éstos, cuando son presentados por el profesional, son muy caros, pues siempre hay un amigo abogado que cobra menos, aunque el asunto no tenga nada que ver con lo que está consultando al indeseable consultado.

Es raro el abogado, querido lector , que no se haya encontrado en una de estas dos situaciones. Un servidor, por supuesto, que lleva ejerciendo desde el año 2002, no podría ser la excepción, máxime cuando, lo digo con la mayor de mis modestias, soy bastante conocido por un sector empresarial muy concreto de este país.

No es extraño para mi recibir una llamada telefónica en la cual el llamante, tras una breve presentación que en muchas ocasiones se basa en un “tú no me conoces pero soy un [empresario del citado sector] y alguien me ha dado tu teléfono” (sin identificar quien es ese alguien) o simplemente “te he encontrado por internet”, te cuenta su vida y milagros y cuando menos te lo espera te suelta un “¿… y entonces qué tengo qué hacer?”. Es en ese momento cuando uno comienza a ser visitado por Don Estupor, puesto que se acaba de dar cuenta de la encerrona que le ha tendido el consultante.

Porque póngase en mi lugar. Un servidor, que tiene la mala costumbre de comer, pagar facturas, etc., lo que desea es que esa persona le contrate y para ello tiene que demostrarle que conoce la respuesta, pero al mismo tiempo, no tiene que suministrar dicha respuesta puesto que como es evidente, el pájaro volará.

Lo que se suele hacer en estos casos es dar alguna pincelada de esa posible solución dejando claro que tendría que estudiar el caso en profundidad, basándose en documentos, etc. Se suele hacer porque además, es así.

Pues bien, en ese momento, los consultantes de ese primer grupo, recordemos, los que creen que llaman a un abogado, que por el hecho de ser “público” parece que tiene que prestar un “servicio público” y por tanto gratuito (Abogado Open Source), formulan la famosa frase “¡venga, hombre! ¿por esto me vas a cobrar? ¿Qué te cuesta decírmelo?”. La respuesta que suelo dar es “me cuesta 6 años de carrera, dos másters, unos gastos mensuales, varias facturas….”.

Los consultantes del segundo grupo, esos que, recuerde, siempre tienen un primo, amigo, cuñao, abogado, pero fíjese usted, da la casualidad de que este asunto “no es de su especialidad”, están dispuestos a enviarte documentos, etc., pero cuando les presentas propuestas de honorarios, te aseguran que eres muy caro. “¿Soy muy caro?, ¿en comparación con quien, caballero? Si me compara con un panadero, soy carísimo, si me compara con una minuta de un gran buffete de abogados, mi precio es regalado.”

Cuando cuento esta anécdota, siempre recuerdo la escena del tornillo que aprieta el gran Tony Leblanc:

(Continuará)

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