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Abogado «open source» (2ª parte)


Como continuación a mi artículo anterior, quisiera relatar lo que me ha sucedido en los últimos días, que ha pasado a formar parte de mis TOP 5 de situaciones kafkianas en mis más de 17 años de ejercicio profesional.

Unos empresarios contactaron conmigo en una ocasión, gracias a que un cliente me había recomendado, y lo hicieron para solicitarme presupuesto por un asunto que querían encomendarme. Después de presentarles la consiguiente propuesta, no sólo ni se molestaron en decirme un  «lo siento, pero no», sino que ni siquiera me contestaron.

Un tiempo después, en un alarde de caradurismo extremo, volvieron a contactar conmigo, esta vez en el momento inmediatamente anterior a  entrar en una reunión con una administración pública, con el objeto de que les guiara sobre «qué tenían que hacer» en una determinada cuestión. Un servidor, aún acordándose de las no-calabazas anteriores, por deferencia al cliente recomendador, procedió a darle unas pinceladas sobre el discurso a esgrimir y acordaron que volverían a contactar conmigo. Como era de esperar, esa llamada no se produjo.

Pues bien, en un gesto de MEL (MORRO EPIC LEVEL), la semana pasada volvieron a comunicarse conmigo en un momento (esto es la Ley de Murphy de los abogados) en que no les pude atender porque me encontraba atendiendo a un cliente (de los que pagan), de modo que dejé que saltara mi buzón de voz. Esta familia, en lugar de dejarme mensaje, llamaron a papá para reclamarle que el niño del cole no les hace caso. Para que ustedes me entiendan, llamaron a mi cliente recomendador para quejarse porque yo no les cogía el teléfono. Recuerde, yo estaba ocupado y ellos me habían dado calabazas indirectas en dos ocasiones.

Mi cliente, sabiendo que cuando yo no respondo al teléfono es porque me resulta materialmente imposible, me envió un correo pidiéndome que les llamara. Petición innecesaria ya que, en cuanto terminé de tratar con él, los susodichos volvieron a llamar.

Me contaron su problemática y tras decirme que me enviarían toda la documentación, me rogaron que me pusiera inmediatamente con todo. Tuve esta conversación telefónica a la 13:30 y me enviaron la documentación a las 14:30.

Pues bien, a las 16:00 me llamaron, pero no les puede atender, así que les envié un mensaje para que me indicaran por email el motivo de su llamada que, como era de esperar, consistia en saber si me iba a poner ya en marcha con lo suyo y todo esto con continuos reproches porque «era imposible hablar conmigo por teléfono».

Esa noche, estudié el caso y diseñé una estrategia jurídica, pero me faltaban datos. Contesté a su correo comentándoles que lamentaba que tuvieran la sensación de que no les atendía, cuando, de hecho, lo hice en cuanto me fue posible, tanto hablar con ellos como estudiar su caso y que precisamente por eso, necesitaba ciertas aclaraciones. No obstante, terminé diciendoles que les agradecería que en caso de que, si por alguna razón, no quisieran que llevase este asunto me lo hicieran saber, pues hasta en dos ocasiones con anterioridad, mis propuestas habían sido contestadas por su parte con el mas absoluto silencio.

Pues bien, dos días después, me envían un correo para decirme que prescinden de mis servicios y que sentían haberme hecho perder el tiempo. ¿En algún momento me indicaron qué les facturara por ese tiempo perdido? Por supuesto que no.

Imagine, querido lector, que Ud. acude a un hotel para hospedarse, se registra, accede a la habitación y tras estar un rato en ella, le surge un imprevisto y tiene que abandonarla. ¿Usted se marcharía, entregando la llave sin más y sin preguntar si debe algo? ¿Verdad que no? Pues esto, lamentablemente, sucede mucho a los abogados y eso es lo que me ocurrió en este caso.

Este cliente ni se molestó en preguntarme si me debía algo por ese estudio, atención, etc. Simple y llanamente, ya tenía un abogado que contrató tras «rechazar» indirectamente mi primera propuesta, pero que «de esto no conoce» y con lo poco que le pude decir tras el análisis de documentos, creyeron que sería más que suficiente para que ese compañero llevara el caso.

Y así está la profesión, amigo lector. El abogado hoy en día es el tonto del pueblo para mucha gente.

Ni que decir tiene que ciertos compañeros no ayudan a evitar estas situaciones, puesto que el abogado «de cabecera» de este caso, no sólo reconocía su desconocimiento en la materia, sino que además, abiertamente era receptivo a que yo le «ayudase» y parece ser que estaba esperando mi llamada.

La colaboración profesional es siempre enriquecedora pero lo usual es que, si uno necesita ayuda, contacte con quien se la va a prestar y no espere a que el otro lo haga.

Con todo, desde este modesto espacio, pido una vuelta a la dignificación de la profesión. No hace falta que, como años ha, cuando alguien acuda al abogado realice 30 genuflexiones, pero como decía aquel…

¡UN POQUITO DE POR FAVOR!

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